Los paradigmas que tienden a mover a los ciudadanos del presente (hablamos de aquellos que se asentaron en el imaginario colectivo en los últimos 20 años, aproximadamente), poco tienen que ver con los del ciudadano expansivo de la década del cincuenta.
Pero más alejados están de las referencias culturales de los habitantes de las ciudades, que vivieron el trágico paso entre la primera y la segunda guerras mundiales. Menos aún de las de aquellos que se iluminaban con faroles a finales del siglo XIX, o de los que vivieron en medio de guerras, revoluciones y transformaciones industriales a finales del siglo XVIII y mediados del XIX.
Los especialistas en operatoria han calculado que un ciudadano medio de una urbe griega o romana, entre el año 1000 y el 500 antes de la era cristiana, realizaba unas doce operaciones desde que se levantaba hasta que se acostaba. Con esas operaciones mentales y físicas se las arreglaba para convivir y sobrevivir en las ciudades y las repetía a lo largo del día cuando fuera necesario: levantarse, saludar, higienizarse, comer, despedirse, tomar las herramientas de trabajo, sembrar, cortar madera, ordeñar, hacer el pan, etcétera.
Un ciudadano del siglo XIX ya necesitaba unas 35 operaciones, sumando las domésticas tradicionales a las nuevas: tomar un transporte o caminar hasta un taller o fábrica que ya no estaba en su casa, o en la del vecino, comer y comunicarse fuera del ámbito familiar, trasladarse y cuidarse en el trayecto, pensar a distancia sobre la realidad de su familia, hablar menos y cambiar los temas habituales, peinarse, higienizarse en lugares compartidos por muchas personas, guardar herramientas que son ajenas, agruparse de modo distinto con gente distinta, etcétera.
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