Hoy los profesionales ejercen su profesión como asalariados, contratados por alguna empresa o como funcionarios de algún organismo público.
La mediatización económica del trabajo profesional tiene una doble vertiente: la primera afecta al mismo profesional que tiene en el trabajo su medio de vida, la segunda vertiente afecta a la misma actividad profesional.
El profesional al ser un trabajador por cuenta ajena, no es dueño de marcar sus finalidades; las tareas le vienen asignadas; por ellas le pagan; y ése es su medio de vida. Por tanto está mediatizado por las necesidades vitales propias y de su familia, y esto supone una fuerte mediatización.
Por otra parte el profesional tiene que aprender a trabajar con recursos limitados y dentro de unos márgenes que garanticen la viabilidad económica. La viabilidad económica se convierte en obsesión dominante en forma de la maximización de la rentabilidad o del beneficio.
Es normal que el profesional que trabaja por cuenta ajena necesita de la empresa en la que tiene su trabajo y ayuda a que la empresa sea viable y rentable económicamente. Pero aún siendo esto así, el profesional debe actuar de modo que no se descuiden facetas menos rentables, pero exigibles en términos de responsabilidad social.
De los profesionales se espera, según Parsons, que en el ejercicio de su profesión no sean guiados por el ánimo de lucro, sino por cierto altruismo, por una orientación al servicio de la colectividad.
La realidad no parece ir por esos caminos. Hay una mercantilización de la sociedad y una mercantilización de las profesiones. Pero lo que es, no es nunca el último criterio de lo que debe ser.
En la evolución más reciente del sistema económico hay elementos y planteamientos que constituyen un obstáculo para la responsabilidad profesional e incluso para la mima consolidación de la identidad profesional: “el capitalismo flexible”
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